De Interés

 

El escritor de los mitos políticos

Por Tulio Hernandez

A pesar de que vivió una buena parte de su vida en otros países, y de que su curiosidad intelectual infinita le llevó a escribir sobre los temas más disímiles, Tomás Eloy Martínez, el novelista, cronista y, sobre todo periodista, que nos abandonó para siempre el domingo 31 de enero, se mantuvo fiel hasta el final de sus días a una de sus más intensas pasiones: la vocación de intentar comprender y explicarse a Argentina, el país donde nació.

O, para ser más precisos, a la pulsión de ahondar en la peculiar mitología política que la nación del Sur fue construyendo en el frenético camino que le llevó de la condición de país que en algún momento se imaginó a sí mismo europeo, racional y "civilizado", a descubrirse más tarde tan conflictivamente latinoamericana como cualquier otra nación de Centroamérica o el Caribe hispanoparlante.

No exageraba el escritor mexicano Carlos Fuentes cuando sostuvo, el 2 de febrero , que buena parte de su obra se hallaba atravesada por una sola pregunta: "¿Por qué, teniéndolo todo, Argentina acaba teniendo nada?".

Para responderse esa inquietud Tomás Eloy, explorando una escritura que se movía ágilmente entre el periodismo y la ficción novelística, nos legó una vasta obra narrativa en la que destacan La novela de Perón y Santa Evita. Dos piezas fundamentales que, por caminos distintos pero en la misma línea de Augusto Roa Bastos con Yo el Supremo o García Márquez con El otoño del patriarca, trata de indagar en la psicología profunda de cierto tipo de líderes mesiánicos, autoritarios y estrambóticos que, periódicamente, han dominado la escena política latinoamericana.

Si Perón, el hombre que fracturó Argentina y ha marcado con su presencia y su memoria más de medio siglo de su vida política, lo atraía; Evita, con su personalidad alucinante y su capacidad para despertar el fervor de las masas, obviamente suscitaba en él un profundo deslumbramiento. Le intrigaba al extremo esa forma particular de la necrofilia asociada a la política argentina que se expresa, no solamente en las extravagantes formas como fue manipulado, secuestrado, extraviado y hasta perseguido el cadáver embalsamado de la primera dama de Perón, sino en los avatares equivalentes experimentados por los restos mortales de otras figuras de la clase política local.

No es casual que en varias de las reseñas periodísticas que se han hecho por estos días, algunos de sus amigos recuerdan con detalle su relato del día cuando entrevistaba a Perón, en Madrid, mientras Isabelita, la nueva esposa del jefe militar, se ocupaba extraviada de cepillar los cabellos del cadáver momificado de Evita que yacía en una gran mesa de comedor. Otra de sus grandes pasiones fue el periodismo, y Venezuela, donde vino a recalar en uno de sus tantos exilios huyendo de la persecución de las dictaduras militares, tuvo la suerte de tenerlo por largos años ejerciendo el oficio que le acompañó toda la vida.

En un documentado y cálido artículo, publicado en Código de Barra, el también periodista Pablo Antillano sostiene sin titubeos que Tomás Eloy partió en dos el periodismo venezolano, pues su llegada a Caracas, donde terminó dirigiendo un proyecto profundamente innovador, El Diario de Caracas, "produjo una hecatombe que hizo lucir envejecido el periodismo local y disparó la euforia del cambio general".

Venezuela fue otra de sus grandes pasiones y fidelidades. En la ciudad capital Tomás Eloy se enamoró y se casó con Susana Rotker, otra mente y pluma brillante, obsesionada también por las grandes tragedias latinoamericanas, quien premonitoriamente popularizó el término "ciudadanías del miedo" para advertir la espiral de violencia que desde los años noventa ya marcaba y marcaría en el fututo el destino de la región. A Caracas, donde cultivaba sólidas amistades, regresaba con frecuencia a compartir sus últimas reflexiones.

Y en la Universidad de Drew, en New Jersey, Estados Unidos, en donde dirigía su Centro de Estudios Latinoamericanos, muchos venezolanos jóvenes gozaron de su apoyo. Es el caso del periodista Boris Muñoz y de Beatriz Oropeza, quien hizo por un largo tiempo de su asistente académica.

Todo lo que se ha escrito y publicado desde el día en que murió destila afecto, admiración y agradecimiento. Se lo había ganado en buena lid.

 

El Nacional, 7 de febrero de 2010

 

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