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De Interés
Vidas paralelas
Por Tulio Hernández
El acto inaugural de la más reciente
edición del Festival de Cannes estuvo ensombrecida por
la ausencia del director de cine iraní Jafar Panahi. ¿La
razón? Panahi, un abierto opositor al régimen que
preside Mahmoud Ahmadinejad, se halla recluido en la
cárcel por sus posiciones políticas en contra del
gobierno de los ayatolás.
A sus colegas occidentales no les quedó otra que
continuar con el evento, lamentar la baja y
solidarizarse públicamente en la condena a la teocracia
iraní.
Panahi no es el único cineasta en esta situación. Los
autoritarismos del siglo XXI, tienen un especial temor
al peso de los comunicadores sobre la opinión pública, y
el de Irán se ha ensañado represivamente contra una
brillante saga de cineastas que han conquistado
reconocimiento internacional para una cinematografía que
se mantiene autónoma de la estética y los mecanismos
económicos del cine de Hollywood.
Otro director, Bahmam Ghobadi, ha tenido que optar por
el exilio perseguido por su más reciente realización,
Nadie sabe de gatos persas, un largometraje que muestra
las peripecias de unos músicos de rock en un país donde
los "komisarios culturales" de allá consideran que el
jazz, el rock y el pop son música occidental que es
necesario prohibir.
No sólo a los cineastas los persiguen. De acuerdo con
los datos de la ONG Reporteros sin Fronteras, al menos
170 periodistas han sido detenidos desde el pasado 12 de
junio de 2009, cuando se produjeron las descomunales
manifestaciones de protesta por el impúdico fraude en
las elecciones presidenciales que perdió Ahmadinejad. De
ese total, 27 permanecen encarcelados, 22 han sido
condenados a una sumatoria de 135 años de cárcel y 85
aún esperan sentencia en libertad condicional.
La represión ya no tiene límites. En el último año 4.000
personas han sido encarceladas por participar en las
protestas contra el fraude. En total, 250 de ellas han
sido condenadas a prisión. Algunas, como el líder
estudiantil Majid Tavvakoli, a 8 años y 6 meses. Y, para
que los opositores escarmienten, 6 de ellos han sido
condenados, nada más y nada menos, que a la pena
capital.
De lo que queda libre de la represión judicial se ocupa
la Guardia Revolucionaria, milicianos a sueldo del
Ministerio del Interior encargados de impedir a sangre y
fuego las manifestaciones de protesta.
La última de ellas realizada en diciembre, dejó 8
muertos y decenas de detenidos, muchos de los cuales han
sido sometidos a torturas y malos tratos que incluyen
espeluznantes violaciones por parte de los carceleros
cuyo relato ha quedado registrado para la historia en el
libro Death to the Dictator del escritor iraní Afsaneh
Moqadam, altamente valorado en estos días por la prensa
europea.
Lamentablemente, la represión y el miedo le rinden, por
ahora, frutos al atraso histórico que significa una
modalidad de gobierno de corte clerical. El Movimiento
Verde, que condujo en el 2009 las más grandes
manifestaciones de protesta que se recuerden en la
historia iraní contemporánea, está ahora desmembrado,
desmoralizado y muchos de sus miembros en la cárcel,
desplazados al exilio o a la clandestinidad. Por esa
razón, el pasado domingo, cuando se conmemoraba el
primer año del fraude y las masacres a los
manifestantes, ha sido la misma dirigencia opositora que
en otros tiempos convocaba a la calle la que, para
impedir un nuevo baño de sangre, le ha pedido a los
ciudadanos demócratas que se abstengan de protesta
pública alguna para recordar la fecha sangrienta.
"El gobierno de los ayatolás perdió el apoyo popular, ya
no hay regreso posible, por eso mantiene el país en un
puño", me dice, mitad esperanzado mitad desolado, el
joven escritor iraní con el que converso.
Le digo, por si vale de algo, que voy a escribir una
columna sobre el tema. Rápidamente, me pide que no use
su nombre.
"En Venezuela hay muchos espías de mi país", explica. Y
agrega, con cierto dejo de pesar: "Es una pena, porque
se trata de iraníes destrozando la vida de otros
iraníes". Le respondo que no se preocupe en
explicármelo, que no están solos, que salvando el
componente religioso, la diferencia en el número de
presos políticos y en el trato en cautiverio, los
venezolanos demócratas conocemos con exactitud la
historia aquella de las vidas paralelas.
El Nacional, 20
de junio de 2010
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