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De Interés
LA CUARTA
PÁGINA
Lula y los Castro
PIEDRA DE TOQUE. Cuando se
trata del exterior, el presidente brasileño se desviste de
los atuendos democráticos y se abraza con la hez de
América Latina. Su foto con Raúl y Fidel me retorció las
tripas
Por Mario Vargas
Llosa
Mi capacidad de
indignación política se embota algo los meses del año que
paso en Europa. La razón, supongo, es que vivo allá en
países democráticos en los que, no importa los problemas
que padezcan, hay un amplio margen de libertad para la
crítica, y los medios, los partidos, las instituciones y
los individuos suelen protestar con entereza y ruido
cuando se suscita un hecho afrentoso y despreciable, sobre
todo en el campo político.
En América Latina,
en cambio, donde paso tres o cuatro meses al año, aquella
capacidad de indignación retorna siempre, con la furia de
mi juventud, y me hace vivir en el quién vive,
desasosegado y alerta, esperando (y preguntándome de dónde
vendrá esta vez) el hecho execrable que, generalmente,
pasará inadvertido para el gran número, o merecerá el
beneplácito o la indiferencia general.
Esta mañana he
vivido una vez más esa sensación de asco e ira, viendo al
risueño presidente Lula del Brasil, abrazando
cariñosamente a Fidel y Raúl Castro, en los mismos
momentos en que los esbirros de la dictadura cubana
correteaban a los disidentes y los sepultaban en los
calabozos para impedirles asistir al entierro de Orlando
Zapata Tamayo, el albañil opositor y pacifista de 42 años,
del Grupo de los 75, al que la satrapía castrista dejó
morir de hambre -luego de someterlo en vida a
confinamiento, torturas y condenarlo con pretextos a más
de 30 años de prisión- tras 85 días de huelga de hambre.
Cualquier persona
que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de
información sobre lo que ocurre en Cuba espera del régimen
castrista que actúe como lo ha hecho. Hay una absoluta
coherencia entre la condición de dictadura totalitaria de
Cuba y una política terrorista de persecución a toda forma
de disidencia y de crítica, la violación sistemática de
los más elementales derechos humanos, procesos amañados
para sepultar a los opositores en cárceles inmundas y
someterlos allí a vejaciones hasta enloquecerlos, matarlos
o empujarlos al suicidio. Los hermanos Castro llevan 51
años practicando esa política y sólo los idiotas podrían
esperar de ellos un comportamiento distinto.
Pero de Luiz Inácio
Lula da Silva, gobernante elegido en comicios legítimos,
presidente constitucional de un país democrático como
Brasil, uno esperaría, por lo menos, una actitud algo más
digna y coherente con la cultura democrática que en teoría
representa, y no la desvergüenza impúdica de lucirse,
risueño y cómplice, con los asesinos virtuales de un
disidente democrático, legitimando con su presencia y
proceder la cacería de opositores desencadenada por el
régimen en los mismos momentos en que él se fotografiaba
abrazando a los verdugos de Orlando Zapata Tamayo.
El presidente Lula
sabía perfectamente lo que hacía. Antes de viajar a Cuba,
50 disidentes cubanos le habían pedido una audiencia
durante su estancia en La Habana y que intercediera ante
las autoridades de la isla por la liberación de los presos
políticos martirizados como Zapata en los calabozos
cubanos. Él se negó a ambas cosas. Tampoco los recibió ni
abogó por ellos en sus dos anteriores visitas a la isla,
cuyo régimen liberticida siempre elogió sin el menor
eufemismo.
Por lo demás, esta
manera de proceder del mandatario brasileño ha
caracterizado todo su mandato. Hace años que, en su
política exterior, desmiente de manera sistemática su
política interna, en la que respeta las reglas del Estado
de derecho, y, en economía, en vez de las recetas
marxistas que proponía cuando era sindicalista y candidato
-dirigismo económico, nacionalizaciones, rechazo a la
inversión extranjera, etcétera-, promueve una economía de
mercado y de libre empresa como cualquier estadista
socialdemócrata europeo.
Pero, cuando se
trata del exterior, el presidente Lula se desviste de los
atuendos democráticos y se abraza con el comandante
Chávez, con Evo Morales, con el comandante Ortega, es
decir, con la hez de América Latina, y no tiene el menor
escrúpulo en abrir las puertas diplomáticas y económicas
del Brasil a la satrapía teocrática integrista de Irán.
¿Qué significa esta duplicidad? ¿Que el presidente Lula
nunca cambió de verdad? ¿Que es un simple travestido,
capaz de todos los volteretazos ideológicos, un
politicastro sin espina dorsal cívica y moral? Según
algunos, los designios geopolíticos para Brasil del
presidente Lula están por encima de pequeñeces como que
Cuba sea, con Corea del Norte, una de las dictaduras donde
se cometen los peores atropellos a los derechos humanos y
donde hay más presos políticos. Lo importante para él
serían cosas más trascendentes como el puerto de Mariel,
que Brasil está financiando con 300 millones de dólares
así como la próxima construcción por Petrobras de una
fábrica de lubricantes en La Habana. Ante realizaciones de
este calado ¿qué puede importarle al "estadista" brasileño
que un albañil cubano del montón, y encima negro y pobre,
muera de hambre clamando por nimiedades como la libertad?
En verdad, todo
esto significa, ay, que Lula es un típico mandatario
"democrático" latinoamericano. Casi todos ellos están
cortados por la misma tijera y casi todos, unos más, otros
menos, aunque -cuando no tienen más remedio- practican la
democracia en el seno de sus propios países, en el
exterior no tienen reparo alguno, como Lula, en cortejar a
dictadores y demagogos tipo Chávez o Castro, porque creen,
los pobres, que de este modo aquellos manoseos les
otorgarán una credencial de "progresistas" que los libre
de huelgas, revoluciones, acoso periodístico y de campañas
internacionales acusándolos de violar los derechos
humanos. Como recuerda el analista peruano Fernando
Rospigliosi, en un admirable artículo, "Mientras Zapata
moría lentamente, los presidentes de América Latina
-incluido el sátrapa cubano- se reunían en México para
formar una organización -¡otra más!- regional. Ni una
palabra salió de allí para demandar la libertad o un mejor
trato para los más de 200 presos políticos cubanos". El
único que se atrevió a protestar -un justo entre los
fariseos- fue el presidente electo de Chile Sebastián
Piñera.
De manera que la
cara de cualquiera de estos jefes de Estado hubiera podido
reemplazar a la de Luiz Inácio Lula da Silva, abrazando a
los hermanos Castro, en la foto que me retorció las tripas
al leer la prensa de esta mañana.
Esas caras no
representan la libertad, la limpieza moral, el civismo, la
legalidad y la coherencia en América Latina. Estos valores
se encarnan en personas como Orlando Zapata Tamayo, las
Damas de Blanco, Oswaldo Payá, Elizardo Sánchez, la
bloguera Yoani Sánchez, y demás cubanos y cubanas que, sin
dejarse intimidar por el acoso, las agresiones y
vejaciones cotidianas de que son víctimas, se siguen
enfrentando a la tiranía castrista. Y se encarnan,
asimismo, en principalísimo lugar, en los centenares de
prisioneros políticos y, sobre todo, en el periodista
independiente Guillermo Fariñas, que, cuando escribo este
artículo, lleva ya ocho días de huelga de hambre en Cuba
para protestar por la muerte de Zapata y exigir la
liberación de los presos políticos.
Curiosa y terrible
paradoja: que sea en el seno de uno de los más inhumanos y
crueles regímenes que haya conocido el continente donde se
hallen hoy los más dignos y respetables políticos de
América Latina.
© Mario Vargas Llosa,
2009. © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas
reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2009.
El País, España, 7
de marzo de 2009
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