De Interés

 

Mario Vargas Llosa: muchos hombres a la vez

 

Por Fernando Carvallo

 

En marzo pasado, pocos días antes de regresar a Madrid, Mario Vargas Llosa recibió a Fernando Carvallo y respondió sus preguntas sobre literatura, política y el Lugar de la Memoria, cuya creación el escritor promovió con determinación. La necesidad de reconstruir la historia reciente del Perú, las lecturas que más lo apasionan, sus viajes interminables y sus opiniones políticas sobre Latinoamérica recorren esta larga conversación. Cuando se trata de literatura, el escritor peruano no puede evitar hablar del autor al que ha dedicado uno de los mejores ensayos, Victor Hugo, y referirse a la novela que acaba de terminar, consagrada al explorador irlandés sir Roger Casement, quien a principios del siglo XX denunció el colonialismo en el Congo y la explotación de nativos en la Amazonía.

 

 

Quisiera comenzar de la manera más simple con tu experiencia en el Perú. ¿Qué balance haces de tu actual estadía?

Bueno, van a ser prácticamente cuatro meses. Éste es el período más largo que he pasado en el Perú en muchos años. Generalmente paso tres meses, pero esta vez ha habido dos razones para quedarme más tiempo. La primera, el Lugar de la Memoria, que es un proyecto con el que me he comprometido. Y después, el matrimonio de una sobrina.

 

¿Con qué sensación de nuestro país regresas a Europa? ¿Has podido trabajar?

 

Sí, he podido trabajar. Incluso he terminado una versión de una novela que creo que es más o menos definitiva: El sueño del celta. Mi impresión es que desde hace diez años el Perú está bien orientado. Me parece que está progresando y no solo en términos económicos, de crecimiento del producto, sino también en el sentido de que se afianzan las instituciones y se han formado consensos amplios a favor de dos cosas fundamentales para el progreso de un país: democracia y políticas de mercado.

 

Creo que a eso se debe, en gran parte, que en estos diez años el Perú haya progresado, aunque por supuesto la distribución de la renta no se puede llamar equitativa, ni siquiera justa. Persisten grandes desigualdades y asimetrías. Pero, de todas maneras, creo que el Perú está bien orientado y eso me parece muy importante; tanto que si esto se prolonga, por lo menos a lo largo de dos períodos gubernamentales más, probablemente se pueda llegar a lo irreversible, o sea a lo que ha llegado Chile.

 

En cuanto a mí, me siento bien con los amigos, con la familia, pero una parte mía, muy importante, está en Europa: es la vida que yo he hecho en Europa, donde ya he echado raíces. Me pasa algo que, estoy seguro, me va a seguir pasando: cuando estoy en el Perú echo mucho de menos Europa, pero cuando estoy en Europa echo de menos muchas cosas del Perú.

 

Ésta es la primera vez, quizás desde la campaña de 1990, que tomas contacto con muchas instituciones públicas a causa del Lugar de la Memoria.

 

Así es. Lo he hecho porque pienso que el Lugar de la Memoria es algo muy importante para el Perú. Creo que puede ser muy útil para consolidar cosas que a mí me parecen fundamentales, como la cultura democrática, el reconocimiento de que la democracia debe ser el marco en el cual hay que dar la batalla contra el subdesarrollo.

 

Y al mismo tiempo me parece muy importante mantener viva la memoria del horror que vivió el Perú a partir de los años ochenta. Creo que eso puede ser una lección permanente contra la tentación del delirio terrorista que produjo la catástrofe que sabemos.

 

Te he escuchado decir a lo largo de estas últimas semanas que el Lugar de la Memoria debe ser la casa de todas las víctimas.

 

Exactamente, creo que debe ser un lugar donde se rinda homenaje a todas las víctimas. Es decir, a todos los que fueron atropellados, abusados, torturados, desaparecidos, sin ninguna distinción, sin ninguna discriminación. Creo que las víctimas, todas, merecen respeto, reconocimiento del país. Eso no significa olvidar las responsabilidades de la violencia que vivimos, ni tampoco la gradación en las responsabilidades. En gran parte, esas responsabilidades las reconoció la Comisión de la Verdad en su informe final. Estableció clarísimamente que la primera responsabilidad la tuvo Sendero Luminoso. Creo que el Lugar de la Memoria debe ser en extremo prudente, considerar las susceptibilidades, perfectamente lícitas, que tienen por ejemplo los parientes de las víctimas. Debe trabajar para que se reconozcan los derechos de las víctimas a recibir reparaciones, de acuerdo con leyes que han sido aceptadas y sin embargo no se cumplen. Para mí ha sido una experiencia muy interesante pero también dolorosa, porque me ha recordado situaciones muy traumáticas, como la de Uchuraccay.

 

Me he reunido durante las últimas semanas con organizaciones de víctimas de Sendero, de los terroristas en general, y también por supuesto de las Fuerzas Armadas y la Policía, lo que obliga a revivir, a través de las viudas, los padres, las hermanas y hermanos de las víctimas, la magnitud del horror que vivió el Perú. En el Lugar de la Memoria debemos rescatar todo eso y al mismo tiempo encontrar unas maneras que no repelan a ninguno de los grupos afectados brutalmente por la violencia.

 

Entre las reuniones que has mantenido, quizás la más significativa fue con el jefe del Ejército, el general Otto Guibovich.

 

Claro, porque de las Fuerzas Armadas venían las mayores reticencias respecto al museo, para no decir hostilidad declarada. Era importantísimo tratar de reducir esos recelos, explicar lo que nosotros queremos hacer, sabiendo perfectamente que hay sectores, no solo del Ejército sino de la sociedad peruana, que nunca van aceptar el Lugar de la Memoria. Los que están, de alguna manera, comprometidos con los crímenes no van aceptar, jamás, algo que para ellos constituye una amenaza y un recuerdo de su responsabilidad.

 

Ésa es la razón por la que me entrevisté con el comandante general del Ejército, y fue una entrevista bastante buena, mejor de lo que yo esperaba. Encontré una persona que sabe dialogar, que estaba dispuesta a aceptar la existencia de una institución como el Lugar de la Memoria. Incluso se ha ofrecido a colaborar cuando se lo pidamos. Y me insistió mucho en algo que yo creo cierto: que hay oficiales, clases y soldados responsables de crímenes, pero que la institución como tal no decidió jamás aplicar torturas, ni desaparecer personas. Hay responsabilidades individuales que deben ser sancionadas, sin reducir la institución militar a esas prácticas. Si se compara la hostilidad que había hace cuatro meses, con lo que pasa ahora, creo que se han dado pasos bien importantes.

 

Tus conclusiones de la reunión con el general Guibovich contrastan mucho con la actitud de uno de sus predecesores de la década pasada, quien declaró que tú eras “un peruano por casualidad” y que no merecías serlo.

 

Sí, pero se trató de un general que ahora está acusado de ladrón y que cumple una pena de más de veinte años. Entonces, los insultos de ese general, en cierta forma, yo los incorporaría a mi currículum vítae [risas]. Dijo que yo era un peruano por accidente de la geografía [risas]. Yo supongo que él se sentía peruano por decisión personal del Padre Eterno [risas].

 

Mientras te ocupabas de establecer relaciones con instituciones y personas, mantenías tu trabajo permanente de creador de ficciones.

 

Sí, absolutamente. Eso por fortuna es algo que siempre he conseguido hacer durante muchísimos años porque me ganaba la vida con trabajos que no eran literarios, lo cual me obligó a un sistema un poco esquizofrénico de tener unas horas del día dedicadas a mi trabajo literario, para mí siempre las mejores, lo más temprano posible.

 

La literatura es mi vocación, es lo que realmente me importa, pero para mí no está disociada del contexto histórico, político, social. Me interesan muchísimas cosas más, aparte de la literatura, y creo que todo eso alimenta lo que yo escribo.

 

Lo que más detesto son las obligaciones sociales, salvo reuniones en pequeños grupos, con amigos, con los que es posible conversar. Procuro evitar las reuniones amplias pero cuando no puedo me las inflijo como una servidumbre. Desgraciadamente es cada vez más difícil evitarlas. Y en el Perú, más difícil que en otras partes.

 

¿En qué se diferencia tu método de trabajo para escribir una novela y el de un ensayo?

 

En una novela el elemento no racional cumple un papel muy importante. En un ensayo también intervienen las intuiciones, pero nunca tanto como en una ficción. En una ficción siempre surgen cosas que no sabes de dónde vienen, ni por qué de pronto una historia se orienta en una dirección determinada, por qué un personaje que era secundario crece, o a la inversa, por qué un personaje central de pronto se empequeñece. Todo eso obedece a una materia que viene de estratos profundos de la personalidad y que va saliendo e impregnando lo que haces. Si escribes un artículo o un ensayo, te mueves mucho más en un mundo racional.

 

O sea, sobre las novelas se tiene menos control.

 

Se tiene menos control en el orden temático, pero en el orden formal debes mantener el control: a la hora de organizar el tiempo y los puntos de vista tienes que trabajar con la mayor lucidez posible. Pero la historia, la entraña misma del tema es una nebulosa que se orienta, va tomando cuerpo, muchas veces de una manera impremeditada. Y para mí ésa es la parte más atractiva del trabajo de creación. Es fascinante porque te hace descubrir cosas inesperadas en tu propia personalidad.

 

En tus tres últimas novelas hay personajes femeninos muy importantes: Urania, Flora Tristán y la Niña mala. ¿Qué nos reserva El sueño del celta?

 

Bueno, en ella los personajes femeninos son más bien secundarios. Es una novela que está muy centrada en el personaje principal que es Roger Casement.

 

Él fue también un viajero, un hombre que entró en polémicas, y que escribía.

 

Sí, incluso pretendió ser poeta, pero no lo hacía bien. Creo que se dio cuenta a tiempo. Pero en cambio escribió informes que son espléndidos ensayos políticos, sociales, morales, llenos de reflexiones sobre la condición humana, sobre la maldad, esa cosa terrible, indefinible, que es la vocación destructiva del ser humano en determinadas circunstancias. Creo que ésa es la parte más interesante de él. Le he puesto como epígrafe una frase de Rodó, que está al comienzo de los Motivos de Proteo: “Un hombre es todos los hombres”.

 

Roger Casement comenzó como diplomático británico, pero descubrió el horror del colonialismo europeo y la explotación de nativos en la selva peruana antes de volverse nacionalista irlandés.

 

Sí. Si tú conoces solo un aspecto de su vida, es una personalidad que no tiene ninguna relación con lo que se descubre desde otras perspectivas: él era como un baile de máscaras en el que se van quitando máscaras. Al final, la totalidad se te escurre.

 

Será quizás el primer libro tuyo que puede ser entendido como una crítica a la sociedad occidental.

 

Bueno, tiene que ver con Occidente porque la colonización es un fenómeno occidental, un fenómeno de los imperios: el sometimiento de culturas débiles, pequeñas y primitivas por la civilización occidental.

 

¿Casement era británico o irlandés?

 

Era irlandés, aunque su familia era protestante y anglófila. Crece en Irlanda, admirando a Inglaterra, convencido de que la pertenencia de Irlanda al imperio es benéfica para los irlandeses, y al mismo tiempo, que el imperio es benéfico en sí. El imperio está extendiendo la verdadera civilización, la verdadera religión, los verdaderos valores al resto del mundo. Y al mismo tiempo crece deslumbrado por los grandes exploradores británicos, que son punta de lanza del imperialismo y el colonialismo: Livingstone, Stanley, etc. Se deslumbra tanto que va a África, siguiendo el modelo de esos exploradores.

 

En África la realidad le muestra que todo lo que creía era falso, que el imperio no llevaba la civilización, sino la explotación más espantosa de los indígenas. Que esa civilización tan admirada se volvía barbarie pura cuando llegabas al mundo de las caucherías en la selva amazónica y al mundo de la explotación de los africanos. Su caso es el de una persona que vive un desgarramiento permanente, pero lo vive de una manera muy creativa, reconstruyéndose cada vez. Y al mismo tiempo es un personaje que vive varias vidas ocultas. La primera es ésa y la segunda es la del homosexualismo. No te olvides que en esa época, además de un pecado, la homosexualidad también era un crimen.

 

Su vida pública tuvo que ver sucesivamente con el Congo, la Amazonía y el nacionalismo irlandés. Pero la privada quedó documentada en sus diarios.

 

Sí, mostró todo eso en un diario secreto. Me he preguntado con frecuencia por qué arriesgó tanto escribiéndolo. Creo que la explicación es su soledad. Él no podía hablar con nadie, prácticamente, de la homosexualidad, que era un tema intocable. Y entonces hablaba con el papel porque necesitaba, de alguna manera, comunicar lo que era.

 

En los últimos años has escrito tres libros de crítica literaria sobre Arguedas, sobre Onetti y sobre Victor Hugo. El francés parece desbordar optimismo frente al pesimismo de los dos latinoamericanos.

 

Arguedas no era un pesimista. Su vida al final fue muy desgarrada, pero su visión del Perú no era la visión de un pesimista; al contrario, tenía una cosa de mucha exaltación, el país de todas las sangres. A él lo exaltaba esa idea. Yo creo que tenía una visión equivocada del Perú. Su idea de reconstruir, en cierta forma, una cultura que ya en gran parte no existía hizo de él, en sus mejores libros, un excelente novelista. Pero su visión sociológica y política del Perú era en gran parte una ficción.

 

Mientras que, en el caso de Hugo, a medida que aumenta en edad mantiene una pasión por escribir y su fe en la transformación del hombre y de la sociedad.

 

Absolutamente, era un optimista radical. Hugo es tan optimista que en los últimos años de su vida elabora una teología del perdón, según la cual Dios va a perdonar a Satanás y el mal va a desaparecer, no solo de la tierra sino del universo. Los miserables es una novela política, histórica y social que al final se convierte en un ensayo religioso sobre la redención.

 

Fuera de ese aspecto religioso, tú estás mucho más cerca de Hugo que de Onetti.

 

Sí, creo que estoy más cerca de Hugo en la ambición. A mí me gustaría escribir novelas tan ambiciosas como las que escribió Victor Hugo. Yo creo que fue un escritor de una ambición desmesurada, el verdadero deicida del siglo XIX, como Dostoievski, como Tolstói. Sobre todo en Los miserables, una novela que te deja pasmado, porque quiere serlo todo y mostrar todos los tipos humanos, desde el pináculo social hasta el mundo de los pobres y marginados. Hugo es un verdadero deicida, alguien que quiere competir de igual a igual con Dios, con el Hacedor.

 

Tú dices, a propósito de él, que la fecundidad literaria no significó que su vida se agotara en lo literario.

 

Así es, él vivió con intensidad. Creo que su pasión fue la literatura, desde luego. Pero, fíjate: ¿qué cosa no hizo Victor Hugo? Hizo absolutamente todo. Es cierto que llegó virgen al matrimonio, pero a partir de ahí se desquitó.

 

Su noche de bodas parece haber sido una proeza.

 

Bueno, es un mito que nadie ha podido comprobar. Que llegó virgen al matrimonio y que hizo ocho veces el amor.

 

Se dijo que esa noche rindió culto a las nueve musas.

 

Nueve u ocho. Hay controversias al respecto. Con lo cual consiguió alejar a su mujer del sexo para siempre. A partir de ahí tuvo una vida, no diremos sentimental sino sexual, de una abundancia casi comparable a su vida literaria. Está incluso documentado que hizo el amor pocas semanas antes de morirse, cuando era un vejestorio de más de ochenta años. Y además, con una sirvienta.

 

Él también llevaba un diario clandestino que, para serlo, fue escrito en español.

 

El español fue la lengua del pecado para él. Había aprendido español cuando era joven por su padre, que era un general napoleónico en España. Utilizó el español en sus diarios secretos para hablar de sus pecados sexuales. Utilizaba imágenes para disimular lo que en última instancia no quería que se disimulara, que eran sus aventuras sexuales.

 

Tambien hay en él una dimensión esotérica, sus conversaciones con el más allá, como médium. Hay miles de páginas de sesiones con las ánimas, que constituyen crónicas escritas inmediatamente después de las experiencias de espiritismo, donde relataba sus conversaciones con las personas que convocaba, Shakespeare, Dante, Mahoma, Jesús. A veces no eran personas sino animales bíblicos, y todos los aparecidos conocían a Victor Hugo, admiraban su obra y hablaban francés [risas].

 

Hay algo que dices de él que se parece a ti: quiso ser el amo absoluto de su propio destino, aunque fuera en el exilio. Quiso convertir toda circunstancia en ejercicio de su libertad.

 

Sí, tuvo un amor total a la libertad. Pero también era de una egolatría que podía cegarlo. La casa de Victor Hugo, en la isla de Jersey, es un monumento a la egolatría. La diseñó él mismo, y toda la casa tiene en las paredes sus iniciales, VH. Hugo escribía de pie en un escritorio que se hallaba en el último piso. Es divertidísimo porque hay cristales en todos los muros, lo que le permitía observar qué pasaba en todas las habitaciones. O sea que tenía un control absoluto de todo lo que ocurría en la casa. Y por una ventana podía ver la casa de su amante, que vivía a menos de cien metros, en una islita chiquitita como era Jersey. A mí ese aspecto de Victor Hugo me hace recordar a Neruda. La casa de Neruda de Isla Negra era un poco eso.

 

Tú mantienes tu admiración literaria por Neruda.

 

Enorme, enorme.

 

Y creo que eres un poquitín indulgente con sus pecados estalinistas.

 

No, no, los pecados estalinistas no. A mí me parece algo inconcebible que una persona de su talento nunca tuviera el menor escrúpulo en callar, en mirar para otro lado, cuando se trataba de los crímenes de Stalin. Me parece una aberración imperdonable. Ahora, dicho eso, yo creo que es el gran poeta moderno de la lengua. Estaba dotado de una fecundidad comparable a la de Victor Hugo. Creo que en lengua española no hay ningún poeta que tuviera la facilidad y la versatilidad de Neruda, que hizo todo tipo de poesía. Muy mala también, como Victor Hugo. Si tú tienes esa facilidad para escribir poesía como quien respira, claro, haces también mucha basura. Pero cuando acertó, como Victor Hugo, fue un poeta extraordinario. Yo creo que Residencia en la tierra, por ejemplo, es un libro comparable a la poesía de Góngora o de Quevedo.

 

El trato con él no te hizo perderle simpatía.

 

No, era un personaje fascinante. Tenía el prurito de no parecer intelectual. No quería hablar de literatura, detestaba a todos los que usaban jerga académica. Y sin embargo, era un inmenso lector y su poesía transpira una enorme cultura. Era un gran bon vivant; le gustaban las cosas, los objetos, coleccionaba todo.

 

¿Te sucede sentir ternura por Hugo como abuelo?

 

Mucho.

 

Privado de sus hijos, se consagró a sus nietos.

 

Con los hijos tuvo una relación muy difícil. Era una figura tan fuerte, tan poderosa. Tiene que ser terrible para un hijo, sobre todo si un hijo escribe. La sombra de Victor Hugo era aplastante, destructora, simplemente por existir. Y después, con las hijas, vivió grandes tragedias: una enloquece, otra muere jovencita. En cambio, como abuelo fue tierno y escribió ese libro maravilloso que es El arte de ser abuelo. Victor Hugo era muchos hombres a la vez. Cuando haces el balance, la vida de Victor Hugo fue espléndida. Siempre estuvo en el centro de los acontecimientos de su tiempo, conoció a la gente más interesante, tuvo pasiones, amores que fueron la encarnación de todos los sueños románticos. Y al mismo tiempo un talento realmente insólito. Fue un gran trabajador, porque era un hombre muy disciplinado, con una capacidad de trabajo increíble.

 

¿Qué cosa aprendes tú de la crítica? Hace poco leí que nunca has aprendido más sobre ti mismo que en un libro de Efraín Kristal.

 

Hay crítica que es solo jerga pretenciosa y académica. Pero hay crítica que para mí ha sido muy iluminadora sobre mi propio trabajo. Por ejemplo, yo recuerdo una crítica que escribió David Gallagher sobre Conversación en la catedral. Me dio una lectura de la novela que para mí fue toda una revelación. El libro de Efraín Kristal sobre mi obra me pareció magnífico. El leyó los libros que yo leía mientras escribía mis novelas, lo que le dio pistas muy convincentes y para mí muy sorprendentes sobre la estructura, los personajes y ciertos métodos de elaboración de mis historias. Pero en general no tengo la obsesión de leer las cosas que se escriben sobre mí. Al contrario, muchas veces me incomodan.

 

Leí alguna vez que tú descubriste la literatura erótica en la biblioteca del Club Nacional.

 

Sí. Fue en la época en que me casé por primera vez. Yo era un estudiante que ganaba quinientos soles, con lo que no podíamos vivir. Empecé a buscar trabajos frenéticamente y llegué a tener siete, con lo que completaba tres o cuatro mil soles. Ya con eso podíamos vivir. Uno de esos trabajos me lo consiguió Raúl Porras Barrenechea. Él me contrató como ayudante de bibliotecario, lo que me hacía ir dos horas al día, después de los boletines informativos de Panamericana. Mi trabajo consistía en fichar las adquisiciones, pero no había presupuesto para adquisiciones. Descubrí en el cuarto piso, oculta a las miradas generales, una espléndida colección de libros eróticos, con una cierta predilección por lo francés. Fue para mí una experiencia muy interesante; incluso llegué a creer que eso era la gran revolución y el combate contra todos los prejuicios. Después te das cuenta que la literatura erótica puede resultar monótona y artificial, porque si tú separas la experiencia erótica de todas las otras experiencias se reduce a algo muy mecánico.

 

¿Qué significó para ti lanzarte a ser actor de teatro?

 

Bueno, el teatro fue mi primer amor. Me apasionó desde que vi una obra maravillosamente montada, La muerte de un viajante de Arthur Miller. Por eso escribí una obrita que después se estrenó cuando estaba en quinto de media, en Piura, La huida del inca. Si hubiera existido un movimiento teatral en la Lima de los años cincuenta, probablemente hubiera sido escritor de teatro y no novelista.

 

¿Y actor también?

 

No, actor no. Nunca pensé en ser actor. Eso fue pura casualidad. En Madrid, conversando un día con Juan Cruz, le dije: mira qué bonito hubiera sido. Y ante mi gran sorpresa, él consiguió un patrocinio para montar un espectáculo. Hicimos un ensayo con Aitana Sánchez Gijón, y convinimos en que las lecturas no funcionan y que yo debía aparecer contando los cuentos que me gustan. Fue una experiencia fascinante, pero nunca he sentido más miedo. Para una persona que escribe novelas subirse a un escenario es vivir la ficción.

 

Quisiera terminar hablando sobre el humor, porque fue una revolución en tu obra que en un momento dado te propusieras hacer algo que no te creías capaz de hacer.

 

Y además, no quería hacer. Yo creía que el humor no era serio [risas]. Creo que era la mala influencia de Sartre en cuya obra inmensa no hay ni una sonrisa. Estaba completamente maleado con la idea de que el humor y la literatura seria son incompatibles.

 

¿Cómo se produjo el cambio?

 

Fue la historia de Pantaleón y las visitadoras. Yo descubrí la historia en un viaje a la selva, quise escribir una novela y traté de escribirla en serio. Y por supuesto, no salía, porque era una historia que exigía humor. Fue la primera vez que intenté el humor, ¡hombre!, y fue todo un descubrimiento.

 

El Malpensante, Colombia, mayo de 2010

 

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