Lo primero que
cabe preguntarse sobre este puñado de exiliados que,
después de largos años de martirio en las prisiones
cubanas, salen libres, es quiénes son. Ninguno
pertenece al antiguo régimen, todos nacieron y fueron
formados por la revolución, y su disidencia, por lo
tanto, no nace de nostalgia por un pasado que no
conocieron, sino de un rechazo a una dictadura que han
padecido desde adentro y que despertó en ellos un
anhelo de libertad. Por sus oficios, representan todo
el abanico social: obreros, artesanos, ex soldados,
periodistas, ex funcionarios. ¿Los delitos por los que
fueron condenados a esas durísimas penas de 12, 15 y
20 años de prisión? Firmar peticiones, escribir
artículos, tener una máquina de escribir, constituir
grupos de derechos humanos u oficinas de información
independientes, actividades pacíficas y ajenas a
cualquier tipo de subversión o violencia. Si a eso se
suman las infinitas vejaciones, golpizas, torturas y
castigos de toda índole de que han sido víctimas los
años que pasaron en la cárcel, no hay duda, cada uno
de ellos es un testimonio viviente de la brutalidad
irracional que aplica el régimen castrista contra
quienes no se someten a él con servidumbre total y del
heroísmo que hace falta para enfrentarse, aunque sea
de la manera más benigna, contra una dictadura
totalitaria como la cubana.
¿Por qué han
podido salir de la isla? ¿Por los buenos oficios de la
Iglesia católica, "acompañada" del Gobierno español,
según la fórmula empleada por el ministro de Asuntos
Exteriores Miguel Ángel Moratinos? Mi impresión es,
más bien, que el Gobierno cubano, viéndose en una
tesitura sumamente difícil luego de la muerte del
disidente Orlando Zapata, tras 86 días de huelga de
hambre, que provocó condenas en todo el mundo, y la
inminente muerte de Guillermo Fariñas que llevaba
cerca de 130 días en huelga de hambre, decidió hacer
un gesto y se sirvió de ambos para sus propios fines.
¿Cuáles? El primero, desactivar la campaña exterior
contra el régimen y levantar algo su desprestigiada
imagen institucional.
El segundo, más
importante, conseguir mediante estas excarcelaciones
que la Unión Europea abandone la Posición Común que
suspende toda colaboración económica con el régimen
mientras no haya una mejora tangible de los derechos
humanos en la isla. Para la dictadura cubana, que vive
una situación económica crítica, de la que no sabe
cómo salir porque teme que cualquier apertura a la
inversión privada y liberalización del mercado la
debilite y signifique el principio del fin de la
estructura vertical que la sostiene, la cooperación y
ayuda exterior son el balón de oxígeno indispensable
para alargarle la vida.
Es ingenuo
pensar que la excarcelación de unas decenas de presos
políticos constituye una reforma sustantiva de la
política del régimen contra la oposición. Uno de los
rasgos más repugnantes de la dictadura caribeña ha
sido su vieja costumbre de regalar presos a los
políticos occidentales que iban a hacer el besamanos
al dictador, para que ganaran bonos en sus países como
salvadores y dieran testimonio de lo flexible
que podía ser el régimen cuando era tratado con
comprensión. Este innoble tráfico de carne humana en
las relaciones públicas puede permitírselo sin riesgo
alguno una satrapía cuya reserva de prisioneros
políticos es un barril sin fondo, y reemplaza a
discreción los presos que ofrece a sus huéspedes
importantes.
Por el momento,
nada ha cambiado, salvo que -¡en buena hora!- unos
cuantos héroes de nuestro tiempo han podido salir de
Cuba con sus familias a iniciar la difícil vida del
destierro, y, como han dicho todos ellos, a seguir
luchando desde el exterior por la democratización de
su país. Los medios de comunicación cubanos no han
dicho palabra de lo ocurrido, salvo la reproducción en
Granma de un comunicado del arzobispado que
debe haber dejado en la luna a sus lectores. No hay
una sola disposición, reglamento o ley que sirviera
para mandar a la cárcel a los disidentes que haya sido
suspendida, abolida o corregida, ni la menor promesa
del Gobierno cubano que haga suponer que la
excarcelación es el inicio de una política de
tolerancia para los objetores.
El Gobierno
socialista español cree que sí lo es y este es el
argumento con que el ministro Moratinos tratará de
convencer a sus colegas de la Unión Europea para que
levanten la Posición Común y la sustituyan por una
política de apaciguamiento, amistad y "diplomacia
silenciosa" que vaya persuadiendo discretamente a la
dictadura de que inicie de una vez una apertura real.
Confieso que
nunca he entendido por qué un Gobierno democrático, en
el que hay un buen número de luchadores contra el
franquismo que vivieron en carne propia lo que
significa una dictadura totalitaria, lleva a cabo con
Cuba una política que, en términos prácticos -son los
que importan- solo sirve para prolongar la existencia
de una dictadura atroz, que lleva más de medio siglo,
y que ha hundido a los cubanos en la miseria, el
miedo, la inseguridad y el más cruel despotismo. Y,
peor todavía, que constituye una recusación y
hostilidad flagrantes contra una oposición que,
jugándose la vida y exponiéndose a abusos y
represalias vesánicas, lucha para que Cuba alcance lo
que tiene España desde la muerte de Franco.
Me lo he
preguntado muchas veces y cada vez me parece más
difícil encontrar una respuesta que no implique una
patética falta de visión, la pequeñez o la ceguera.
¿El acercamiento a la dictadura cubana del Gobierno
socialista español es, simplemente, una manera de
mostrar un cambio radical de política con la del
Gobierno de José María Aznar, quien persuadió a Europa
de adoptar la Posición Común? Si fuera así, la
política exterior de España no sería más que un
juguete sin brújula al servicio de menudas querellas
partidistas, sin continuidad, horizonte geopolítico ni
moral.
Tal vez, la
explicación sea de otra índole. El socialismo español,
afortunadamente para España, de socialismo tiene ya
solo el nombre (y acaso la nostalgia). Como todos los
partidos socialistas del Occidente, el español se ha
modernizado, renunciando a los viejos paradigmas
ideológicos, la lucha de clases, el estatismo, el
colectivismo, el dirigismo económico, y ha terminado
por conformarse a realidades que antes combatía con
encono, la empresa privada, el mercado, la inversión
extranjera, y es, hoy día -aunque nunca lo reconocería
en estos términos- un baluarte del capitalismo y de la
democracia liberal. Sus diferencias con los partidos
conservadores y centristas son menudas e
intrascendentes, salvo en la retórica de sus
dirigentes, en la que a veces sobrenadan los antiguos
clisés de la enterrada ideología.
Me pregunto si
la incomprensible e inmoral política del Gobierno
socialista español de colaboración con el castrismo no
es una manera para sus dirigentes de demostrarse a sí
mismos que no es verdad que hayan dejado de ser
socialistas, que ahí está la prueba, lo que hacen para
salvarle la vida a la acorralada revolución cubana,
que, aunque haya cometido muchos errores, es todavía
el emblema de aquel socialismo que fue el suyo, cuando
eran jóvenes y utópicos y creían que la peor de las
lacras de la humanidad fue la aparición del
capitalismo egoísta y vil. Tal vez eso les dé buena
conciencia y, pasajeramente, los exonere de la
tristeza de comprobar a cada paso que, en todo lo
demás, salvo en Cuba, dejaron de ser "revolucionarios"
y se volvieron pragmáticos, socialdemócratas, es decir
social-pendejos como los llaman los
compañeros cubanos, y, horror de horrores, ¡hasta
liberales! Qué pena que toda esta operación
exculpatoria de un Gobierno que debería liderar el
apoyo de los países libres a los héroes de la libertad
en Cuba, se haga a costa de 11 millones de cubanos
sometidos desde hace más de medio siglo a un régimen
que se disputa con Corea del Norte el privilegio de
ser la última dictadura comunista del planeta.
Hago votos para
que, siguiendo lo que piden los presos políticos
desterrados de Cuba, la Unión Europea no cometa la
imprudencia de renunciar a la Posición Común y la
mantenga hasta que el régimen de los hermanos Castro
dé pasos verídicos y comprobables de una
democratización.
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