Juan Carlos Gené
Juan Carlos Gené: El teatro
despide a un maestro
Murió a los 82 años,
de cáncer Aunque también hizo cine y dejó huella
en la TV, su pasión casi religiosa fueron los
escenarios, que transitó como actor, director,
autor, docente y hasta dirigente gremial. Su
última puesta fue la de “Hamlet”.
Por Marina
Zucchi
El destino
del teatro es morir cuando mueren quienes lo hacen.
Morir para no volver a repetirse. Porque ningún
gesto auténticamente vivo es auténticamente
repetible”. Siguiendo ese axioma de Juan Carlos Gené,
ayer, de algún modo, una parte del teatro se
extinguió. A los 82 años, el actor, director,
dramaturgo y maestro se “fue” tras un cáncer y
después de haber atravesado tantas otras “muertes”
diarias: “Lo que el espectador presencia es un hecho
desbordante de vida, pero la muerte se recibe todos
los días cuando la función termina”, juzgaba con ese
fanatismo religioso por las tablas que él llamaba
“mi liturgia”.

Citaba a la
muerte con frecuencia, la estudiaba, la aceptaba,
pero advertía que no tenía “ningún apuro por hacer
las maletas”. En sus últimas entrevistas comparaba
ese estadio de su vida con “una bella temporada de
verano en un lugar. De pronto llega el otoño, se
están yendo los veraneantes, cambia el clima, ese
tono de las miradas de Chejov. Uno mira todo y sabe
que se tiene que ir”. Quizás la paz en el irse
estaba dada por esa producción exuberante que había
logrado en más de 60 años de carrera.
Su último
trabajo -la dirección de Hamlet en el
Presidente Alvear, con Mike Amigorena y Esmeralda
Mitre- había colgado el cartel de localidades
agotadas. “Yo nunca apuesto al éxito. Si viene un
solo espectador igual me parece éxito. Pero la buena
respuesta me vino como lluvia para mi tierra seca”,
contaba un domingo, en la soledad de su departamento
de San Telmo.
En su
historia oficial el debut escénico quedó fechado en
1951, bajo la dirección de su maestro Roberto Durán,
en Unos heredan y otros no (de Pablo Palant).
Aunque Gené patentaba “el inicio” a sus cinco años,
dirigido por “el mucamo Alon-so, un comunista”. El
escenario estaba improvisado en su casa, y le tocó
recitar un poema gauchesco. “Era la casa de mi
abuelo, pedagogo y subsecretario de instrucción
pública del gobierno de Yrigoyen”, explicaba, con
cierto reparo en los procesos de la memoria: “Soy
muy desconfiado y recomiendo a todo el mundo que lo
sea. Uno inventa aún cuando cree que está diciendo
la verdad. En los encuentros con mis hermanos
hablábamos de nuestra infancia y comprobábamos que
no habíamos visto lo mismo”.
Su huella
alcanzó distintos caminos. Desde su pluma teatral
legó El herrero y el diablo , en 1955, Se
acabó la diversión , Golpes a mi puerta ,
El inglés, Memorial del cordero asesinado
y Todo verde y un árbol lila , entre otros.
En televisión, debutó como guionista televisivo de
Cosa juzgada , en 1969, un ciclo clave en la
historia de la pantalla argentina (Ver El autor
de..
.). En cine,
le dio impronta al libro de La Raulito ,
junto a Martha Mercader. Como actor, se lo vio en
unas diez películas ( La fiaca , Tute
cabrero , Quebracho ) y en ciclos
televisivos como Cosa juzgada y Alta
comedia .
En 1976, tras
la dictadura militar, se exilió en Colombia y luego
en Venezuela, donde residió 17 años. Allí escribió
telenovelas y gran parte de su producción
dramatúrgica. Fue, además, fundador del Grupo
Actoral 80. Su último trabajo como actor fue en
2010, en Bodas de sangre , de Federico García
Lorca (de quien era admirador), pieza a la que
también dirigió.
Actual
presidente del Centro Latinoamericano de Creación e
Investigación Teatral (CELCIT), había mostrado una
fuerte actividad gremial el frente de la Asociación
Argentina de Actores. También fue Director General
de Canal 7 y del Teatro General San Martín en los
años ‘90.
En los
últimos meses, cuenta Pepe Soriano, continuaba
generando proyectos: “Habíamos hablado hace 15 días,
ya estaba mal. Me acercó el último material, un
oratorio sobre Juan Bairoletto que empezamos a
trabajar hace un par de años”, le contó el actor,
ayer, a Clarín (Ver Testimonios ).
Nacido un 6
de noviembre en Buenos Aires, estudió hasta tercer
año de abogacía a “modo de error”: “Aunque conocí
juristas, abogados y jueces, no vi gente con
vocación por el Derecho. No quiere decir que no
existan, pero deben ser ejemplares rarísimos. El
Derecho está formado por una masa de bachilleres
desorientados. Afortunadamente, yo me encontré con
la actuación”, explicaba.
“Estoy tan
hecho para el teatro que uno de mis defectos es
pensar, con persistencia, que la realidad sucede en
el escenario y todo lo demás es ficción”, jugaba en
las entrevistas. Y no era una postura de exhibición,
sino una fiebre que nunca se había apagado desde sus
20 años. “El teatro es un hecho misterioso vinculado
a instintos tan profundos que no hay otra manera de
llamarlo que religioso. No porque represente una
religión particular, sino porque está vinculado con
el misterio de la vida y la muerte”, teorizaba con
las entrañas.
“La gente se
sienta a presenciar teatro, no a mirar, porque se
percibe con todos los sentidos. El espectador va más
fácil a otro tipo de espectáculo, porque le crea
menos tensión. El teatro es la exigencia de la vida
constante durante dos horas, una ficción que está
viva en el cuerpo de un actor, en presencia de otros
cuerpos, por eso está unida a algo misterioso”,
disparaba como en un monólogo a la hora de analizar
ese arte. “Yo no sé si elegí el teatro o el teatro
me eligió a mí”.
Nostálgico,
solía hablar del presente (y el futuro) en términos
de “problemón”: El mundo de hoy es poco estimulante
para la juventud. No sólo en el teatro, sino en
todo. Después de mi regreso (del exilio) veía un
pasacalles en la Avenida Belgrano que decía ‘ Tus
padres, hermanos, novia te abrazan y besan por tu
título de arquitecto. Ahora comprate un taxi’ .
Antes, el médico era médico, el ingeniero,
ingeniero. Ser joven es más difícil”, despotricaba.
Con su
exilio, no se victimizaba. “No fue fácil para mí,
pero tampoco tremendamente difícil”, contaba. “La
clave de la adaptación radicó en que la adaptación
la debe hacer uno. Lo digo porque generalmente se
nota en el exiliado una voluntad irracional de
querer adaptarse mágicamente a la realidad en que
vive. Yo realicé un proceso sano en el que no busqué
disfrazarme de lo que no soy. Hecha ya la
experiencia contra mi voluntad, por nada del mundo
quisiera no haber vivido la experiencia del exilio.
Es profundamente aleccionadora y un desafío de vida
o muerte. O se muere en la nostalgia de lo perdido o
se elige vivir frente a los nuevos hechos”.
Un capítulo
de su vida fue su historia de amor con la actriz
Verónica Oddó, a quien conoció en sus años de exilio
y con quien trabajó codo a codo en escena (Ver
Gené y...).
Admirado por
sus alumnos, el año pasado recibió como homenaje el
documental Gené, en escena , impulsado por
Eloísa Tarruella. El filme documenta sus clases
magistrales y puede verse en la página
www.geneenescena.com.ar. Humilde, no se creía “un
gran mentor”, sino un hombre “con prensa”: “La
actitud sensata, tolerante, solidaria, no tiene
prensa nunca. La enorme mayoría de la humanidad
cumple con sus deberes diarios, todos atienden a sus
hijos, los llevan a la escuela y paran en los
semáforos cuando se enciende la luz, pero nadie
habla de ellos, aunque gracias a ellos el mundo se
mantiene en pie”, ironizaba.
Acerca de su
público, Gené también tenía su teoría: “Yo no elijo
a los espectadores, al contrario, ellos me eligen a
mí. La elección previa de un público te lleva a
chascos espantosos, a equivocaciones muy grandes y
una operación imposible. Yo digo lo que tengo
necesidad de decir. En toda mi vida profesional,
nunca hice cosas que no sintiera. A veces eso
coincide con lo que siente la gente”, resumía con
sabiduría.
Con los años,
mostraba una sensación de orgullo, conformidad y una
“mochila” cada vez más liviana. “Soy una persona con
suerte que ha tenido el cuidado de no pedirle
demasiado a la vida. Hablan de mi coherencia
artística, pero nunca estuve acosado por el hambre.
Y mi austeridad tiene que ver con el deseo de no
desgastarme en lo superfluo, en lo que no tiene
ninguna importancia”.
Sus restos
eran velados ayer en avenida Córdoba 5080. Hoy será
trasladado, a las 14, al Cementerio de la Chacarita.
Sus
entrevistas, leídas a la distancia, devienen hoy en
pequeñas perlas que, recopiladas, podrían
convertirse en pedagógicos libros sobre el arte
escénico y sobre la vida. Entre las incontables
páginas de archivo que se desempolvaron ayer,
algunas frases propias describían a la perfección
ese ánimo de perfeccionismo constante. “Puede ser
que los seres humanos tengamos siempre, de alguna
manera, un impulso, acaso absurdo, por dejar el
mundo un poco mejor de lo que se lo encontró”,
admitía. Al mundo del teatro, al menos, Gené lo dejó
mejorado y enriquecido. Vendrán herederos, pero,
como él sostenía, “lo que se muere, ya no se
repite”.
Producción:
Juan José Santillán.