Juan Carlos Gené
Papeles póstumos del club Gené
Por Ibsen Martínez
Tengo una
amiga actriz, muy guasona que, a poco de mi último
cumpleaños, me dijo: “pana, últimamente todos tus
cuentos comienzan diciendo hace mucho tiempo”.
En efecto,
esto ocurrió hace mucho tiempo, pero aún puedo hacer
que el episodio regrese a mí, vívido y fresco como
un silbido.Si a usted lo deja indiferente el teatro,
puede prescindir de esta bagatela que comienza así:
El pasado lunes falleció en Buenos Aires un hombre
excepcional: Juan Carlos Gené. En otra parte ―
“Hijos de Gené”, El Mundo, economía y negocios,
1-2 -2012) ―, escribí lo que sigue: “Pasará mucho
tiempo antes de que la cofradía de mujeres y hombres
del teatro venezolano que hallaron en su magisterio
las claves del oficio deje de evocar ― con asombro y
gratitud ― el modo en que Gené cambió la vida de
cada uno de nosotros.”
Mi personal
evocación se remonta, en efecto, a ese momento en
la vida de cada quien en que todo se conjuga para
que subas a un vagón y no a otro. El sitio es la
desaparecida sala Juana Sujo, donde Enrique Porte,
un joven director teatral, ensaya una pieza mía en
la que, para mi dicha de primerizo, actuaba Juan
Carlos Gené. Corren los tempranos años ochenta.
El pana
Enrique había hecho estudios teatrales en Londres,
de donde se trajo muchos tics anglófilos y uno de
ellos fue pretender ―fallidamente― implantar entre
nosotros la costumbre de la gente de teatro
angloamericana de disponer un refrigerio que
acompaña el receso en los ensayos. Durante los
mismos, el público invitado a los ensayos puede
departir con los actores.
Así, mi
entrañable Carolina Puig, la asistente de dirección,
estaba a cargo de los sanduchitos ¡y la cerveza!,
lager y negra, para mayor parecido con un ensayo en
el Drury Lane Theatre de Londres. Al maestro Gené
lo exasperaba no sólo la brejetería de un refrigerio
durante el receso, sino la pretensión de Enrique de
que los mirones metieran su cuchara conversando con
los actores durante el receso. Sospecho que también
le hinchaba el bigote la sola idea de un receso.
Pues bien,
sucedió que un señor comenzó a venir a los ensayos.
El señor se sentaba entre el cortísimo público,
“jabado” él, cuarentón él, con pinta de
contabilista fanático de La Guaira. Lo tuve por
amigo de Enrique, de Carolina, de alguien del elenco
o los técnicos.
El hombre
asistía a las ocurrencias de la pieza con un interés
que a mí no podía menos que enternecerme. Por
supuesto, se daba con furia a la hora del
refrigerio. Y tenía el detallazo de departir muy
brevemente con el elenco, antes de regresar a su
sillita, a vacilarse el resto del ensayo. Así, todas
las noches.
Hubo consenso
en que nuestro hombre hacía preguntas y comentarios
muy atinados y pertinentes , en ocasiones, hasta
sumamente útiles acerca de la planta de
movimientos, las proverbiales intenciones de cada
personaje, et cétera.
Al paso que
se acercaba la noche de estreno, se hizo patente que
el experimento de Enrique terminaría por quebrar la
caja chica del Taller del Actor, entre otras cosas
porque los sanduchitos eran primorosas joyas hechas
con panecillos de banquete, embutidos de primera y
la la representación de cervezas nacionales e
importadas era estrictamente paritaria: Polar,
Regional, Warsteiner, Heineken y Budweiser.
El maestro
Gené se las arreglaba para sustraerse al cotilleo y
desaparecer durante el receso para hacer patente
así desaprobación ante aquella sifrinería anglófila.
En su taller, en un montaje suyo, aquello habría
sido sencillamente impensable, pero como Gené era un
demócrata cabal, condescendía con los usos impuestos
por Enrique, aunque sin engordarle el caldo.
Fumador
empedernido, se las apañaba para salir al porche a
fumar en su pipa y era allí donde yo aprovechaba
para abordarle y coserlo a preguntas sobre el
oficio.
— ¿Qué se
ha creído Enrique?” ― soltaba de pronto, mirando el
reloj con impaciencia―. Toda esta tontería de un
refrigerio a la inglesa me tiene podrido.
Con todo,
Gené tenía especial deferencia por el visitante
desconocido.
Alguna vez lo
sorprendí conversando animadamente con él. Recuerdo
que el señor favorecía la Heineken por sobre la
cerveza local. Llegó el momento inexorable en que
las arcas del Taller del Actor no pudieron costear
más el experimento de trasplantar costumbres del
teatro londinense a la salita Juana Sujo, en Los
Manolos: No more sanduchitos, no more polarcitas, no
more nothing.
Como la noche
de estreno estaba cerca, la focalizada agitación que
se apodera de un grupo teatral en la recta final
hizo que nadie advirtiese en qué momento nuestro
desconocido dejó de venir. Mucho menos relacionar
su ausencia definitiva con el fin de los recesos con
sanduchitos y cerveza.
Sólo después
del estreno caímos en cuenta de que nadie lo había
invitado y que, contra lo que cada quien pensaba, no
era conocido de ninguno de nosotros. Simplemente era
alguien que descubrió un sitio donde había
sanduchitos y cerveza gratis todas las noches. Me
parece escucharlo al comentar el hallazgo: “Hay
Heineken: todo lo que hay que que hacer es calarse
una obra de teatro insoportable.”
— ¿Quién
podrá ser ese tipo? ― se preguntaba Gené, muerto de
la risa.
Mi amiga la
actriz ocurrente a quien conté todo esto hace poco
mientras evocábamos con júbilo y tristeza al maestro
Gené, tuvo la respuesta:
— Era el
público.
2 de
febrero de 2012