Mi padre
murió cuando yo era muy joven. Cada tanto, sin
embargo, vuelvo a verlo. Sueño con él cada vez que
algún problema importante me preocupa y no sé cómo
resolver. Aparece en el sueño y a su sola
presencia me baña una tranquilidad inefable. El me
lo va a arreglar, siento, o me dirá cómo con
absoluta precisión. El despertar nunca es
angustiante sino nostálgico. Me deja curiosamente
esperanzado. Es raro: desde mi adolescencia he
sentido esa serenidad, esa seguridad
exclusivamente con dos personas: aquel recuerdo
ensoñado de mi viejo y la presencia real,
consejera y tranquilizadora de Juan Carlos Gené.
La sensación de estar ante alguien tan sabio, tan
sensato y tan generoso que te podía curar de
palabra.
Nos
conocimos en el ’72 militando en la Podestá,
aquella agrupación mítica que habían creado con el
otro negro querido: Carlos Carella. Ellos eran ya
figuras de rotundo prestigio y yo un pichi que
pisaba en puntas de pie el teatro y la política.
Con paciencia estoica me escuchó Juan durante
horas leerle mis primeras obras en su departamento
de Belgrano. Fue por su recomendación que conseguí
mis primeros trabajos profesionales. Empantanado
en una obra complicada recurrí una vez más a su
consejo en los ’80, ya en su exilio, y atesoro
todavía una larguísima carta desde Caracas, una
lección de dramaturgia en la que me explicó con
detalle las virtudes y los problemas de aquel
texto que me desvelaba. Y me lo resolvió, claro.
En los ’90, en gira, nos volvimos a encontrar allá
en el notable Celcit de Venezuela. Había
construido su sala, Actoral 80, en el segundo
subsuelo de cocheras del edificio en que vivía y
viéndolo pasar días enteros sin pisar la calle,
subiendo a su casa solo para dormir y comer,
comprendí lo que era ser auténticamente un “bicho
de teatro”.
A su
regreso compartimos aquí aquella experiencia
notable que fue Teatro Nuestro. El orgullo de
verlo actuar al fin en una pieza mía es algo que
me emociona de solo recordarlo. Tenerlo aquí en
Buenos Aires los últimos años fue como la
tranquilidad de un seguro. Lo necesitase o no,
Juan estaba ahí. Se murió el negro Gené. Me siento
desolado y huérfano. En cierto empecinado
optimismo que padezco me esperanza pensar que a
partir de ahora, cuando sueñe, le podré presentar
a mi viejo.
*
Dramaturgo y director teatral.